29 de junio de 2012

El reloj de la Concepción, reloj de la Villa

El pasado 3 de Diciembre -ecuador de la solemnísima novena- en el transcurso del concurridísimo almuerzo de hermandad de la Cofradía, tuvo lugar el acto de presentación del flamante libro: “Historia de la Pontificia y Real Cofradía de Nuestra Señora de la Concepción - Patrona de Puente Genil - La Purísima (1586-2011)” del que son coautores, nuestro querido Cronista Oficial de la Villa, Antonio Illanes y el ferviente artista Clemente Jesús Rivas Jiménez.

La obra -un verdadero compendio histórico con un auténtico alarde de calidad ilustrativa y documental- ha sido impresa, espléndidamente, por el Servicio de Publicaciones y Ediciones de la Excelentísima Diputación Provincial de Córdoba.



Este libro es el fruto del largo empeño, minucioso y paciente trabajo de los autores -tanto monta, monta tanto- así como la decisiva intervención del Delegado de Cultura en esa institución el querido amigo Antonio Pineda Bonilla, defensor, a ultranza, del patrimonio histórico, artístico y cultural de La Puente.

Pero no es mi propósito en este artículo -aunque bien lo merecía- desmenuzar su sapiente contenido o valorar, siquiera someramente, sus aportaciones a nuestra historia. Quede tan sólo mi admiración incondicional y entrañable reconocimiento.

Reza un antiguo proverbio que “El fin justifica los medios”. En esta ocasión habría que transformarlo para afirmar que “Los medios avalan y enaltecen el fin”. Y esto en base a que esta obra excepcional supone una verdadera pieza clave en el engranaje de nuestro devenir histórico y religioso en un amplísimo periodo de tiempo que supera con creces las cuatro centurias. Se vende, como donativo, al modestísimo precio de quince euros y no para un fin cualquiera -que sería honorable- sino para restaurar las campanas y recuperar el reloj de la Villa que es una de nuestras enseñas sonoras más emblemáticas.

Éste ha sido motivo de permanente inspiración para todos nuestros poetas y escritores que siempre lo cantaron como pulso vivo y alma palpitante de la cotidiana existencia- triste o alegre- de nuestro pueblo. Así nuestro insigne poeta Juan Rejano (1902-1976). Entre el general esplendor de su obra poética, reluce, con luz propia “El Genil y los olivos”. Todos sus poemas, de una profunda vena lírica, teñidos por la melancolía del destierro, rezuman ternura en la que flota su colosal alma de poeta. Para nosotros es aún más trascendente al evocar como numen los años de su infancia. Entre ese ramillete de recuerdos inmortalizados, emerge el reloj de la Villa, en este bellísimo poema:

“Hasta el olivar del cerro
me siguen las campanadas
del reloj del pueblo.
Las va trayendo en sus brazos
 el viento-una, dos, tres…-
Se las va llevando el viento
entre sus brazos, después.
¡Ay, pero me queda el eco!”


Cabalguemos un poquito, aunque sea a zancadas, por nuestra historia y por su historia, para comprobar su diálogo mágico, exacto y convergente, con el pueblo. Ese amor mutuo y centinela que los mantuvo inseparablemente enamorados hasta que un mal día su vieja maquinaria desvencijada y un triste desprecio administrativo, rompieron el dulce idilio privándonos de sus lentas y dulces campanadas que no sólo han sido pendulares y cronometrizadoras del tiempo de la Villa sino que sus ecos, sostenidos y mayestáticos, tienen mucho de eternidad y de voz celestial. Por eso, este reloj de la Villa, en apremiante catalepsia, también espera “un milagro de la primavera” o como Lázaro una voz que le grite: “Anda”.

Tal vez lo primero que convendría resaltar es algo que parece que, torticeramente, se pretende ocultar o escamotear de manera confusa a la opinión pública. Y es que el reloj al que aludimos no es un reloj de la Iglesia Católica como institución o de uso privativo de sus fieles. Tampoco del Santuario de la Patrona, sino reloj de la Villa. Es decir ubicado, eso sí, en la torre del templo por ser un lugar estratégico, pero pagado y mantenido por el Cabildo o Concejo Municipal para utilidad y disfrute de todo el común conjunto de los vecinos (y vecinas, como ahora es obligatorio matizar con absurda reiteración).

Los que recorremos pueblos y ciudades, advertimos como se conservan, en toda su monumentalidad o sencilla altivez, estos relojes en Ayuntamientos, Parroquias Mayores, casas palaciegas o construyendo, expresamente, torres o atalayas sobresalientes. El caso de la monumental “torre del Reloj” de la vecina Aguilar de la Frontera puede ser un denodado ejemplo.

En el caso del nuestro a los hechos y documentos nos atenemos. Vayan estas cuatro dataciones irrevocables: En los “Apuntes Históricos de la Villa” de los insignes Aguilar y Cano - Pérez de Siles, editados en 1874, se cita de manera contundente: “En la torre (se refieren a la primitiva de Madre de Dios) estuvo colocado el reloj de la Villa desde 1605 a 1655" (pag. 334). Más adelante al referirse al nuevo Santuario con la erección de la única torre -ya que la segunda quedó inconclusa- aportan unos datos que no sólo precisan su función de reloj de la Villa sino una curiosidad respecto a su origen con una fecha muy pontana: “En el segundo cuerpo (de la torre) se encuentra un reloj que perteneció a la Inquisición de Córdoba y que fue comprado al Estado en 1821, colocándose el día tres de mayo de dicho año” (pag. 337).

Hay más sustancia aún en un documento de fecha anterior que quizás haya pasado más desapercibido. En los interesantes artículos que en El Pontón está publicando nuestro gran amigo y erudito D. Emilio Reina, en el número 279 (octubre 2011) referidos al Municipio y contenidos en el Catastro del Marqués de la Ensenada -Ministro de Fernando VI- de 1784, aparecen entre los gastos del “común”, especificándose sus salarios, al portero de las Casas Consistoriales; Pregonero; Predicador Cuaresmal, del día del Corpus y de la Concepción… y “A la persona que cuida el reloj cien reales y una arroba de aceite” lo que determina, claramente, que no sólo era de la Villa sino que le Concejo o Ayuntamiento tenía asumido su mantenimiento y uso puntual.




Del actual disponemos de documentación aún más precisa que aporta argumentos, irrebatibles, respecto al carácter de reloj de la Villa, de su titularidad y mantenimiento por el Consistorio. Se adquirió el año 1901 por importe de dos mil pesetas a la Casa J.G. Girold de Madrid, abonándolo el Ilustre Ayuntamiento por la intervención del Concejal D. Eduardo Cejas Elexalde con ayuda de una suscripción que se supone restringida. Se estableció que cada cuarenta y ocho horas un empleado municipal le daría la correspondiente “cuerda” ya que la maquinaria (un ingenioso artilugio sustentado en dos pesas) era propiedad de la Alcaldía. Así consta en las actas municipales en la Sesión Ordinaria del veintitrés de Junio de 1901, bajo el epígrafe: “Compra de un reloj para la Villa”. En ella el Sr. Alcalde solicita un voto de gracia para D. Eduardo: “… con motivo de la gestión realizada para la compra de un reloj (…) recientemente instalado bajo la dirección acertada e inmediata del referido concejal, habiendo tenido efecto la instalación en la torre de la Ermita de Ntra. Sra. de la Concepción de esta Villa, para sustituir al antiguo reloj que en ella había…”.

Así se mantuvo durante las décadas del pasado siglo. Recordamos, de niños, haber oído que lo reparaba el “relojero de la cuesta Baena” y que le daba “cuerda” un “empleado”.

En 1990, la Cofradía de la Purísima lo dotó de un cuadro de mandos, martillos e instalación eléctrica para los toques de campanas. Tras la restauración del templo, entre 1997 y 1998, se rectificaron mediante un ordenador con controles de relojería para los toques diarios. Después de tres años de silencio se reunieron los fondos para la reparación y puesta en marcha por el tesón de la cofradía, benefactores y ayuda del Ayuntamiento.

Herido de muerte, su mecanismo ha quedado totalmente obsoleto y sus campanas -sin yugos y antiestéticas- están partidas o mutiladas, lo que ha determinado el que tanto la esfera horaria como su maquinaria sonora quedaran totalmente paradas en 2008 (1).

Esa es la triste situación actual que nos lleva a la inevitable y dulce añoranza de “esperar” las horas puntuales de sus solemnes campanadas, precedidas de los “cuartos, medias o enteras” en el argot popular. Era tal su fidelidad y polivalencia que, según la predominancia de los vientos -de Levante o Poniente- por el “sitio” que sonaban servían de infalible barómetro. Sobre todo los vientos ábregos con las esperadas lluvias.

Es evidente que los tiempos actuales alteran algunos de los condicionamientos anteriores respecto a la oficialidad de este reloj y el Ayuntamiento. Nos consta que en sendos escritos (septiembre de 2007 y abril de 2008) la actual Cofrade Mayor Dª Encarnación Estepa, se dirigió al anterior Alcalde solicitando una subvención del Ayuntamiento para su restauración renovada -que la Cofradía y la Parroquia encabezaban- acompañando un documentadísimo informe histórico, alusivo a la propiedad municipal, y otro técnico de la Fundación Rosas de Torredonjimeno. La respuesta parece que fue negativa en base a considerar como único reloj de la Villa el que, con posterioridad, se instaló en el Ayuntamiento, felizmente restaurado.

Que éste de la Concepción es, histórica y afectivamente, reloj de la Villa es irrebatible y a los documentos nos remitimos, salvo que se quiera renegar de esta condición, que sería como hacerlo del Voto del Cabildo de 1650. Que las circunstancias del erario público no lo permitan es otra cuestión. Por ello -y porque debemos alejarnos de una cultura subsidiada casi siempre arbitraria o partidista- para eso está el pueblo. Es decir los hombres y mujeres de buena voluntad que defienden lo suyo.

Por consiguiente, como integrante de ese pueblo llano, me atrevo a sugerir que como el mejor regalo disfrutemos de esta joya de libro, aportando un modesto donativo. Serán goterones de un bronce ardiente y fervoroso para que vuelva a sonar el reloj de la Villa.

Juan Ortega Chacón

(1) Los datos al respecto aparecen en el mencionado Libro de la Purísima (pag. 175 y posteriores)

No hay comentarios: